Artistas: hablemos de dinero
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Abr
12
Grafiscopio
Artistas: hablemos de dinero
Comercial, Cultura, Debate
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Usar las palabras dinero, pago, negocio, venta o comercial junto a la palabra Arte es para muchos creativos un tabú, algo incómodo, controversial o impopular. Se asocia Cultura con algo cualitativo, que no puede reducirse a números sin quedar desvirtuado; una tesis proveniente de cierto enfoque socio-político que rechaza el lucro y la pretensión “capitalista” de convertir bienes culturales en bienes de consumo. Sin embargo, lo que parece un argumento más o menos válido puede tener -y de hecho tiene- repercusiones.

EL «SUCIO DINERO»

En su artículo para el diario The Guardian, Amanda Palmer analiza esta suerte de complejo que impide a artistas discutir abiertamente sobre ganancias, pérdidas o métodos de cobro:

«¿La primera regla del Club del Arte? No cuentes cómo haces que funcione. Quiero decir, no hables de tus riesgos, pérdidas y definitivamente no comentes los excéntricos atajos o desembolsos que por fin conducen a una cartera de clientes. Tal vez incluso quieras evitar llamarlos ‘clientes’, aunque tus fans sean justamente eso en el punto de venta

«Acaso el problema más común al comparar Arte y Negocio es que la definición de ‘éxito’ se enloda cuando pretendes hacer carrera (en música). Por un lado te dicen que no has “triunfado” hasta que seas una megaestrella -vivir de tu Arte no es suficiente- y, por el otro, que los músicos no deben andar preocupados de ganancias si es que son artistas “de verdad” – ¿O acaso no haces esto por pasión?»

El problema con disociar Arte y Negocios es que a la larga constituye el principal obstáculo para vivir de lo que hacemos. No se trata de lucrar (o convertirse en un Avida Dollars, mote despectivo que Breton colgó a Dalí), sino de procurarse los medios básicos de producción y subsistencia, requisito mínimo para cualquier proyecto de vida o profesional que busque ser sustentable a largo plazo. Creación y ganancias no son ni deben ser incompatibles. Esto vale también para tarifas: si están por el suelo es justamente porque nadie discute el tema, promoviendo la idea de que hablar de dinero es tabú.

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En 2013 el BID publicó la guía Economía Naranja, con datos duros sobre el potencial económico de las industrias creativas de Latinoamérica. En la pág. 95 (ver imagen arriba) afirma: «¡La Cultura NO es gratis!», y explica por qué. Pero además aborda un problema del que los propios creativos son artífices, esto es la tragedia de los comunes:

«..Cómo individuos actuando racional e independientemente, por su propio interés, terminan destruyendo de manera no intencional un recurso común, en detrimento del grupo y de ellos mismos».

Es un hecho que varios artistas trabajan gratis (o a bajo precio) por ideales como difundir la Cultura, educar o hacer lo que les apasiona, pero en el proceso están instalando sin querer la idea de que no viven de lo que hacen, ergo no necesitan ni esperan remuneración. Y en palabras de Stephen Silver, por algo hay tantos viviendo al tres y al cuatro: están dispuestos a trabajar gratis y han enseñado al mercado que la creación artística no tiene otro valor que el simbólico. Sin duda esto explica las irrisorias bases de concursos donde el premio consiste en una «placa con tu nombre» o el «privilegio (?) de que tu obra sea la imagen de nuestra marca». Después de todo los artistas se conforman con eso (…)

La reciente campaña de Derechos lanzada por el Proyecto Trama (abr. 2016) arrojó que en Chile 88,3% de trabajadores de la Cultura no tiene contrato o boletea (sólo emite boleta de honorarios), mientras que 28,7% de artistas, técnicos o gestores no espera recibir remuneración por su trabajo.

UNOS QUIJOTES MUY PARTICULARES

Manuel Gil, consultor español sostiene que en el rubro editorial «apenas un 3 a 5% de autores vive de sus obras. Y es más que probable que 80% de las editoriales esté en quiebra técnica.» ¿Cómo explicar entonces que cada día se publiquen nuevos libros y nazcan nuevas editoriales independientes? Hay por lo menos dos razones: 1) La «pasión» incondicional por el libro (ideal quijotesco que a ratos recuerda al protagonista de La Costa Mosquito), 2) Lo que el mismo artículo expone: que el mundo de la Cultura se sostiene por los «hijos de la élite», que pueden permitirse números rojos porque cuentan con respaldo financiero familiar para amortizar pérdidas. Ambos casos (no excluyentes) mantienen con vida a negocios que por sí solos están en estado vegetal, y cuya esperanza de recuperar la conciencia y movilidad depende de una mejor coordinación entre amor al Arte y plan de negocios: producción de obras que vendan (o que recuperen costos) en la misma medida en que satisfacen aspiraciones personales.

Se dirá que la Cultura no está muerta, porque de hecho hay público en lanzamientos, ferias y otros eventos. La pregunta es cuántos asistentes son efectivamente consumidores (y si todos lo son, cuánto invierten), porque cuando Simon Kemp dice que «comprar followers no hará popular a tu marca: sólo estarás engañándote a ti mismo», podemos extender el aforismo al área Cultura: si negocios creativos o artistas no transparentan datos objetivos y concretos sobre ventas (como los de Comichron), o su feligresía proviene del mismo círculo de artistas (con su entourage de amigos y parientes), entonces sólo están engañándose a sí mismos.

FONDOS PÚBLICOS Y RENTABILIDAD DE LA PRODUCCIÓN CULTURAL

Otro caso que refleja el divorcio entre Arte y dinero es el de los Fondos de Cultura. Un artículo publicado por la Facultad de Artes de la U. de Chile indaga el asunto en profundidad. Transcribo un fragmento de la opinión del académico Carlos Ossa:

«El modelo Fondart es exitoso al dinamizar un área y movilizar a cientos de actores. Sin embargo, la multiplicación de productos es desproporcionada a su uso social (…) La estructura de la industria cultural chilena es deficiente al no tener una repercusión significativa en el consumo de la población. (…) La articulación entre producción y consumo es la que no está funcionando en este modelo…»

O sea que los artistas parecen estar poco interesados en desarrollar proyectos útiles (en un sentido práctico, directamente utilitario) o rentables (que tengan suficiente autonomía para seguir generando ganancias cuando el Fondo de financiamiento ya se agotó) y por el contrario les motiva realizarse espiritualmente a través de la obra, dejando las ganancias como objetivo secundario o terciario. Esto explica – en ciertos casos- la necesidad de postular a fondos estatales para solventar proyectos que difícilmente obtendrían apoyo de inversionistas privados o del público general, pues han erigido un muro insalvable entre el mundo personal y el mundo real: sin plan de negocios (o improvisado), con el foco más puesto en el autor que en la audiencia, ven el aspecto comercial como capitulación frente al mercado en lugar de interpretarlo como respuesta a necesidades de la sociedad (conjunto humano que por cierto incluye a empresarios e inversionistas).

MÁS PUENTES, MENOS MUROS

En 2016, la empresa VTR decidió sacar de pantalla a sus canales ARTV y Vía X (entre otros). A su vez, el Mall Plaza Antofagasta cerró la sucursal de Biblioteca Viva que operaba dentro de sus dependencias. Ambas medidas motivaron campañas que iban desde la petición para evitar el cierre hasta el reclamo abierto. Pero más allá de los casos puntuales o del método para enfrentar el problema, son ejemplos de la escisión y falta de diálogo entre dos esferas que no deberían ser opuestas: Mercado y Cultura. Posiblemente los directivos de la empresa de telecomunicaciones y el centro comercial ignoren la evidencia presentada por el BID, OEA y British Council (sobre impacto económico de las industrias creativas en las Américas) o que podrían sentar las bases para un foco cultural que diera frutos como Bear Story (la UDLA apostó por Punk Robot Studio y obtuvo a cambio un Oscar); pero lo mismo podría decirse de los agentes del “bando” Cultural: no supieron generar instancias tan rentables o masivas como cualquier otra estación televisiva o tienda al interior del Mall. Por alguna razón en Chile cuesta enlazar creatividad, rentabilidad y educación (a la manera de franquicias de TV exitosas como Pawn Stars, Myth Busters o Cosmos) y tal vez se deba a que nos falta armar equipos multidisciplinarios: artistas e ingenieros comerciales trabajan de espaldas, en habitaciones separadas, mientras afuera se sabe que la conjunción Creatividad + Negocios puede ser sumamente rentable (las industrias creativas son el sector de más rápido crecimiento en UK, generando empleos con menor inversión a una tasa mayor que cualquier otro sector económico).

En un artículo titulado El Arte como producto: qué esperan los artistas de sus galeristas, Jhon Aguasaco expone el punto:

«Ahora bien, quizá las partes involucradas debemos entender que se trata de una relación comercial, un simple intercambio de bienes sujeto a reglas de la economía de libre mercado.

En este sentido, los artistas debemos entender que una galería es un negocio en el cual un particular a través de una inversión de dinero establece un espacio para el intercambio de bienes culturales (obras de arte); en dicho intercambio se espera obtener una ganancia que permita cubrir los costos directos de la actividad, pagar el valor de producción al artista y obtener beneficio económico. El empresario-galerista espera tener un negocio sostenible en el tiempo y con posibilidades de crecimiento y expansión.

Esta simple comprensión nos permite entender la razón por la cual un galerista no puede mantener en su programa obras de arte que no se vendan, o promover solamente experimentos estéticos que no puedan asociarse a un componente comercial.

Si tal actitud fuera posible, si los artistas entendiéramos que el galerista es tan amante del arte como empresario, si las universidades incluyeran en los programas de estudios de arte una cátedra universitaria en torno a las relaciones comerciales en el mercado del arte, quizás se lograría que en el campo comercial artistas y galeristas hablaran un mismo lenguaje

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CONCLUSIONES

Esto no es un problema de “either-or“. No es que debamos elegir entre amor al Arte o amor al dinero, sino compatibilizarlos, establecer y fomentar canales de diálogo entre inversionistas y creadores, y sobre todo terminar con el mito de que el dinero corrompe a la Cultura (lo que en verdad la corrompe es negarse a obtener medios para mantenerla viva).

Como afirma Tucker Tooley sobre la industria del entretenimiento: es la intersección entre Arte y mercado. Los artistas necesitan familiarizarse con la mecánica del negocio y cómo funcionan las cosas, tal cómo los empresarios se están familiarizando con el Design Thinking o la UX. Por cierto que este aprendizaje es gradual y no está exento de tropiezos, pero el saldo será siempre mejor y preferible a hacer vista gorda. Es tiempo de romper prejuicios y crear relaciones entre empresarios y creadores, y también entre ellos y el público general, dejando de ver la venta, consumo o utilidad práctica como fines ajenos o contrarios al artístico. Somos creativos: quien mejor que nosotros para hallar formas innovadoras de conectar ambos polos.



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