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Oct
14
Grafiscopio
¿Debemos cobrar por dar charlas?
Académica, Debate, Metodológico
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La semana pasada tuve que declinar invitación a 3 charlas en planteles de educación superior. ¿La razón?: no había presupuesto para mis servicios profesionales. Creo que es hora de exponer mi punto de vista sobre este tema y, de paso, ahorrar tiempo a quienes deseen invitarme en tales condiciones.

Considero las charlas (toda instancia donde sea preciso hablar: mesas redondas, presentaciones, lanzamientos, conferencia unipersonal) como una forma de consultoría colectiva, semejante a la jurídica o médica, donde hay transmisión de conocimientos de los que se beneficiarán varias personas.

¿HABLAR NO ES TRABAJO?

Existe la idea popular -incluso entre nuestros colegas- de que hablar no es trabajo, porque apenas gasta energía, ergo sería exagerado cobrarlo. Yo discrepo. Creo que hablar es la parte sencilla y visible de toda la experiencia, tiempo y esfuerzos que un profesional invirtió para hacerlo fluidamente. “Dices que ‘sólo me tomará 10 minutos hacer un dibujito’; en realidad me ha tomado 40 años y 10 minutos”, afirma Stephen Silver, y tiene razón. Para llegar a resumir un tema en 1 hora, de forma que sea comprensible para todo público, primero tuve que financiar mis estudios, trabajar como empleado e independiente, asistir a reuniones y otras charlas, adquirir  libros (algunos prestados, pero muchos pagados de mi bolsillo), estudiar información de internet (seleccionar, traducir, editar) y preparar mi intervención (a veces con apoyo visual, obviamente diseñado por mí): la suma de todo arroja una cifra -en tiempo y dinero- no menor, que debe ser recompensada en su equivalente, no tanto por fines personales y prácticos (pagar mis cuentas), sino por uno más trascendente: sentar precedente -objetivo y cuantificable- respecto al valor de los servicios profesionales. Si regalamos este u otros trabajos, ¿Cómo podemos esperar que a futuro se nos respete o pague lo que valen?

ÉTICA vs PRÁCTICA

Otro aspecto que nubla el debate es la idea de que cobrar por educar es poco ético. Aquí se mezclan sensibilidades sociales y políticas que confunden más de lo que aclaran. No estoy en contra de compartir mis conocimientos, pero creo que la labor desinteresada que he hecho a través de Grafiscopio es el límite de lo que puedo entregar gratis sin que mis finanzas colapsen por excesiva filantropía.

Ahora bien, estoy dispuesto a participar sin remuneración en determinadas conversaciones o encuentros, pero a condición de que exista un beneficio mutuo (cuantificable, no eventual ni subjetivo como la promoción), se trate de una causa noble sin otro respaldo que el propio (no el de una institución con personalidad jurídica y consolidada) o bien esté organizado por individuos o instituciones que me han ayudado previamente.

VERDADEROS COSTOS DE UNA CHARLA

Desde el punto de vista de quien organiza o asiste a una charla, los conferencistas simplemente hablan. Pero cuando he dictado conferencias he tenido que investigar, preparar lo que voy a decir (redactar) y diseñar el material de apoyo visual que presentaré. En la práctica he notado que todo lo anterior termina siendo más exigente que un trabajo por encargo. Ergo, debería ser más caro.

Por otra parte, está el costo de oportunidad: para dar una charla debo posponer o rechazar trabajos con los que pago mis cuentas. Si entonces voy a aceptar darla, más vale que sea por un monto que amortice este impacto, especialmente cuando puede comprometer mi relación profesional con un cliente a quien podría perjudicar el tiempo que estaré lejos o fuera, hablando frente a una audiencia.

LA VOZ DE LOS PROFESIONALES

Hay 2 artículos que tratan muy bien este tema (y cuyo enfoque comparto). El primero es del escritor argentino Luis Benítez. Aunque habla del medio literario, es perfectamente aplicable al rubro del Diseño y otras profesiones creativas:

“Entre los problemas que afectan a los escritores en América latina, uno de los fundamentales es la falta de reconocimiento del valor económico que tienen nuestras actividades. A diferencia de lo que sucede con nuestros colegas de Europa y los Estados Unidos, para los latinoamericanos el pago de nuestra participación en publicaciones, mesas redondas, conferencias, encuentros culturales y otros eventos es más una excepción que la regla misma. En recuadro (más abajo), un nomenclador sugerido por la Asociación Europea de Libre Comercio (AELC), para regir la actividad en la Unión Europea, da cuenta de la brecha que existe entre la valoración del trabajo de un autor de un lado y del otro del Atlántico.


(…)En nuestros países, cuando una entidad oficial o privada decide organizar, por los fines que sean, un ciclo cultural, raramente agrega en sus libros contables una lista de pagos destinada a abonar los honorarios de quienes van a leer sus trabajos en el curso de esas actividades, quienes dictarán conferencias, serán jurados de concursos literarios y otras actividades afines donde, directa o indirectamente, se necesite del esfuerzo y la capacidad de algunos escritores.
Estamos hablando de universidades, de obras sociales, de sociedades de profesionales, de asociaciones gremiales, de bibliotecas públicas y privadas, inclusive, de empresas con notorios fines de lucro. De organismos que disponen de un presupuesto administrado por contadores y sometido a un balance anual.
Esas mismas entidades disponen fondos para la ampliación de obras edilicias, pago de bienes y servicios contratados, alquileres, compras, gastos de representación y otras obligaciones lógicamente remuneradas.

¿Por qué no es lógico pagarle a un escritor?
Desde luego, no estamos hablando de autores como Vargas Llosa, que por dar una conferencia sobre sí mismo en una universidad se lleva –muy justificadamente- sus buenos miles de la moneda en curso.
Estamos hablando de la mayoría de los escritores, que en América latina reciben la posibilidad de publicar sus artículos, poemas, críticas literarias, dictar una conferencia, formar parte de un jurado literario, como si fuera exclusivamente un honor –que de veras lo es- pero no, con público consenso, una actividad, un trabajo, una labor que impone una compensación económica. También sucede, para la misma situación, algo peor: que ejercer algunas de esas tareas sea entendido como “un privilegio” –algo que no es o, al menos, no debería serlo-. Algo que queda supuestamente bien pagado por el solo hecho de que muchos otros no puedan exhibirse en el mismo escaparate, no es un privilegio, es simplemente una estupidez, si su valor se reduce a eso. ¿No se trata de algo obvio esa condición de mera estupidez? ¿No convierte al artículo, la participación en un recital, la conferencia, también en algo sin valor, ni siquiera simbólico?


Curiosamente –aunque resulta doloroso- en muchos casos son los mismos escritores quienes avalan esta depreciación de su trabajo. Se ofenden varios cuando otros les decimos que nuestro trabajo comparte esa condición con cualquier otro oficio o profesión, a los que nadie les negaría la necesaria contraprestación. La condición de “escritor profesional” les parece a muchos que contiene –además de un matiz admirativo- también una acepción de mercenario, de pluma de alquiler, reñida frontalmente con la condición de “autor serio”. Una paradoja: los autores indiscutidamente “serios” (que suele confundirse con “consagrados”, marketing editorial mediante) no suelen hacer nada gratis: en dinero o en especie, todo se lo cobran. Hacen lo correcto.

(¿Debemos cobrar los escritores por nuestro trabajo? Escrito por Luis Benítez para Marca Acme, y transcrito íntegramente por Jacinta Escudos en Jacintario [Espacio Fílmica], 6 de Junio de 2007)

El segundo es del químico y académico peruano Mario Ceroni Galloso, quien se refiere a los esfuerzos extra que debe costear el propio conferencista (traslación) y además propone tarifa por concepto de conferencias profesionales:

“Algunos profesionales peruanos no cobran por sus conferencias ya que para ellos esos eventos son un trampolín a la fama, tras lo cual serán conocidos y quizás contratados por empresas, aunque muchas veces esto último no ocurre. He conocido a algunos conferencistas (la verdad muy pocos) que tienen bastante dinero y no desean cobrar, lo hacen porque les gusta y se sienten muy bien en contacto con el público. Muchas veces de ellos se aprovechan ciertas instituciones lucrativas.

Lo que recomiendo es que los conferencistas que no quieren cobrar por lo motivos antes mencionados a las instituciones lucrativas, pidan a los organizadores unas entradas de cortesía y se las den a sus mejores alumnos o a gente que los necesite.

Muchas veces me han invitado a participar en conferencias y charlas en varias instituciones científicas o en colegio. Antes iba al lugar de la conferencia sin pedir retribución alguna, ni menos el pago de la movilidad. Pero luego de saber que hay gente con menores calificaciones que la mía, pero que por aparecer en la televisión cobran por realizar presentaciones, pues decidí comenzar a pedir lo mínimo.

(…)Todos no pueden ser conferencistas, hay gente brillante en su trabajo, pero es incapaz de hablar en público, se ponen muy nerviosos, no hablan coherentemente, etc.

(Respetemos más a los conferencistas nacionales. Escrito y publicado por Mario Ceroni Galloso en su blog personal Profesor Mario Ceroni, 2 de Febrero de 2013)

Jul
22
Grafiscopio
Modelos de autorización de uso de obra
Derecho autor, Legal, Propiedad Intelectual
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El Departamento de Derechos Intelectuales (DDI) -institución dependiente de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos (DIBAM)- es el principal organismo a cargo del Registro de Propiedad Intelectual y de responder consultas sobre derecho de autor, derechos conexos y materias afines. Entre otros valiosos datos e instrumentos pone a disposición del público general un par de documentos (en formatos .DOC y .PDF) muy útiles para la negociación de obra gráfica o visual. Estos son:

 

¿Para qué sirven? En simple:

  • Como referencia para contratos, ya que muestra el detalle de usos expresamente autorizados para la obra, si serán remunerados o gratuitos, en qué territorio, por cuánto tiempo y si se hará en forma exclusiva o no exclusiva. En pocas palabras, enseñan cómo se gestionan y/o transfieren derechos.
  • Son de ayuda tanto para proveedores de servicios gráficos como para sus clientes. A menudo una agencia necesita obtener la autorización o cesión de derechos de quienes participaron en la creación de una obra publicitaria. Aquí pueden ver en qué consiste.
  • Se facilita el trámite para inscripción de obra colectiva. De esta forma, el “autor” (es decir, el representante -persona natural o jurídica- que tuvo la iniciativa de esta obra y bajo cuya coordinación se llevaron a cabo los diversos aportes individuales, por ejemplo, una enciclopedia) se asegura de contar con la autorización de cada creador antes de inscribir la obra.
Jul
10
Grafiscopio
¿Quién es el autor de una obra por encargo?
Derecho autor, Legal, Propiedad Intelectual
16
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En nuestro medio es común que el proveedor de servicios gráficos (artista, ilustrador, diseñador, fotógrafo, etc.) produzca obra por encargo. Las leyes de propiedad intelectual -y en particular aquellas que tratan sobre Derecho de Autor- se refieren al artista como creador o autor, pero ¿Qué sucede cuando la obra no nace de una idea concebida por el artista, sino de las instrucciones de un director creativo, escritor, guionista o cliente?

Hace años realicé un encargo para agencia de publicidad. En cierto punto vi vulnerados mis derechos de autor, pero al reclamar me dijeron que no correspondía, pues yo no era autor sino mero ejecutante de una idea publicitaria. Confundido, pregunté a un abogado especialista en Propiedad Intelectual, quien me aclaró que sin importar cuán detalladas sean las instrucciones que reciba -en este caso, de un director de arte-, la forma específica en que materialicé sus ideas me convierte en autor de esa obra. Ahora, según este criterio podría argumentarse, por analogía, que los obreros que materializan las instrucciones expresadas en el plano diseñado por el arquitecto son tan autores de la edificación como él. No obstante, el aspecto diferencial está en la originalidad: si das exactamente las mismas instrucciones a 3 dibujantes o fotógrafos obtendrás 3 obras distintas. En cambio, el mismo plano arquitectónico en manos de 3 obreros distintos (o empresas constructoras) dará origen a 3 edificaciones casi idénticas, puesto que su labor es de índole técnica, no creativa.

¿Significa que el artista visual es el único autor de toda obra que lleve su impronta?, ¿Qué pasa cuando está basada en un cuento o novela, es decir, una obra igual de creativa, en especial cuando da origen a una tercera obra -conjunta- que no existiría sin el aporte de escritor y artista visual? Veamos qué dicen las leyes de propiedad intelectual.

En un artículo del Instituto de Investigación Mercado Informado titulado Obras por encargo y obras creadas en una relación laboral, H. Edgar Pereda Lozano (Profesor de Derecho Económico, Universidad Nacional de Trujillo, Perú), explica:

“Una obra es considerada realizada por encargo cuando, mediante un contrato, una de las partes (encargado o comisionado) se obliga a realizar una obra y a entregarla a quien la encarga (comitente), a cambio del pago de un precio. 

Doctrinariamente se discute si el comitente paga por el objeto material o si el precio también considera la transferencia de los derechos de autor que se deriven de la misma. En este caso la ley de derechos de autor establece que, de no mediar acuerdo que estipule lo contrario, también se estaría transfiriendo (por titularidad derivada) los derechos patrimoniales que surjan de la obra. 

Así, según la lógica de nuestro ordenamiento jurídico no se admitiría la atribución – en calidad de titular originario –  como autor al comitente de la obra hecha por encargo. No existe atribución originaria de los derechos de autor por parte del comitente en virtud de un contrato de encargo. 

Raquel Evangelio Llorca plantea la interrogante de si existiría la posibilidad de considerar al comitente como creador de la obra. Esgrime ello en base a las instrucciones que da para la realización de la misma. Al respecto, la precitada autora en un examen contesta su propia interrogante manifestando que, la simple expresión de ideas (instrucciones) no es suficiente para que el comitente se atribuya su autoría.

Sin embargo, Evangelio Llorca admite la posibilidad de que el comitente sea considerado como coautor cuando realice aportaciones que vayan más allá del mero hecho de dar instrucciones. Es decir, que contribuya materialmente en la realización de la obra en una auténtica colaboración con el encargado. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que la atribución de autoría se daría por las aportaciones materiales (originales) en la creación de la obra y no por el sólo hecho de tener la calidad de comitente. 

Asimismo, la precitada autora, admite la posibilidad de que el comitente -no por la calidad de tal, sino por la importancia de su aportación a la creación de la obra-  pueda ser considerado como único autor de la misma. Para ello pone como ejemplo – citando a Espín Alba– el supuesto del encargo de la corrección de una obra biográfica. Si la corrección sólo es de tipo técnico (correcciones de estilo y faltas gramaticales) sobre la base de un texto redactado con carácter de definitivo, no se podría hablar de que se trata de una obra en colaboración, siendo el único autor el comitente. 

En todo caso, lo verdaderamente importante – para la atribución originaria de los derechos de autor – es el aporte original que se realice para la creación de la obra, siendo irrelevante la calidad de comitente de la misma, quien sólo tendrá la calidad de titular derivado por presunción de cesión de derechos (en cuanto no haya realizado aportación que signifique una contribución original a la creación de la misma).”

Por su parte, el abogado español Javier González Martín, especializado en Propiedad Intelectual, Propiedad Industrial e Internet, entrega valiosos antecedentes en un artículo titulado Los derechos de autor en la obra realizada por encargo, publicado en el número 134 de revista Visual:

“A partir de aquí, y con estas diferencias, las facultades morales de autor son las mismas que en la obra creada por propia iniciativa. El autor tendrá su derecho al reconocimiento a su paternidad sobre la obra y conservará, de igual manera, el derecho a la integridad de la misma. En general hemos de decir que el autor no pierde esa condición por el hecho de haber recibido un encargo y unas determinadas especificaciones o directrices. Tiene la condición de autor a pesar de ello. Sólo a veces, cuando las ideas que se aportan al autor tengan una entidad creativa importante (entrega de diseños, bocetos o guiones) podremos hablar de una coautoría entre quien encarga y el autor, pero en la mayoría de los casos la condición de autor es del creador, aunque se le hayan realizado indicaciones o especificaciones sobre las características de la obra.” 

En la misma línea, tenemos el punto de vista que ofrece la Ley Federal del Derecho de Autor (LFDA) en México, explicada por el Lic. Fernando Gómez Iturbide, Presidente del Colegio de Profesionales en Derecho A.C. (CPD), en un artículo titulado Obra por encargo:

“El Artículo 83 de la LFDA establece lo siguiente: “Salvo pacto en contrario, la persona física o moral que comisione la producción de una obra o que la produzca con la colaboración remunerada de otras, gozará de la titularidad de los derechos patrimoniales sobre la misma y le corresponderán las facultades relativas a la divulgación, integridad de la obra y de colección sobre este tipo de creaciones. 

La persona que participe en la realización de la obra, en forma remunerada, tendrá el derecho a que se le mencione expresamente su calidad de autor, artista, intérprete o ejecutante sobre la parte o partes en cuya creación haya participado.” 

En otras palabras, la ley (mexicana) considera de manera explícita al comitente como el titular de los derechos patrimoniales, y al autor como el titular de los derechos morales.

Asimismo, el segundo párrafo del Artículo 83 Bis de la LFDA estipula lo siguiente:

“…Para que una obra se considere realizada por encargo, los términos del contrato deberán ser claros y precisos, en caso de duda, prevalecerá la interpretación más favorable al autor. El autor también está facultado para elaborar su contrato cuando se le solicite una obra por encargo.” 

Esta adición a la LFDA es reciente (DOF 23-07-2003) y básicamente fuerza al comitente a preparar un contrato por escrito que le permita obtener un reconocimiento expreso de su calidad de titular de los derechos patrimoniales sobre cierta obra. Veo muy acertada la posición de dicha reforma a la LFDA, ya que al momento de querer inscribir el comitente la obra que encargó a un tercero (llámese software, personaje, pintura, catálogo, fotografía, litografía, poster, canción, etc.) ante el Instituto Nacional del Derecho de Autor (INDAUTOR), dicho instituto le va a exigir el contrato donde conste que el autor moral le cedió al comitente los derechos patrimoniales sobre la obra, especialmente si el nuevo titular es una persona moral.”

Obra por encargo, según la ley de Propiedad Intelectual chilena

Resulta por lo menos curioso que haya tan poco material en internet sobre este tema en nuestro país, en comparación con el proveniente de México, Perú, Colombia, Argentina o España. Un antecedente lo aporta la revista de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) en el número de junio 2010; puntualmente, el apartado sobre trabajo por encargo:

En Chile la cesión automática de los derechos de autor a empleadores, o a quienes contratan a autores para crear obras, es muy restringida y se limita principalmente al desarrollo de programas informáticos y, en alguna medida, a los periodistas, fotógrafos y autores que participan en la industria cinematográfica.

Todavía hay aspectos mejorables, como la reglamentación de la copia privada y disposiciones adicionales sobre la titularidad de obras por encargo, pero sin duda es uno de los avances más significativos de la ley chilena sobre la P.I. desde que se promulgó por primera vez en 1970.”

En su charla “¿Hasta dónde nos protegen los derechos de autor? Cómo ejercer nuestros derechos para no sentirnos frustrados” (Encuentro Open D Diseño Para Todos, 28/ago 2014, FAU Universidad de Chile), José Ignacio Gallardo (asesor legal e investigador) y Juan Carlos Lara (abogado y director de contenidos ONG Derechos Digitales.org) explican los llamados casos especiales de titularidad(*):

  • Las obras creadas por funcionarios públicos pertenecen a su institución.
  • En empresas computacionales el titular de derechos no es el programador, sino la empresa.
  • En empresas periodísticas quien encarga una obra tiene derecho de utilizarla una sola vez (como indica el art. 18 de la Ley 17.336)
  • Fotografía por encargo: aunque el autor debiera ser el fotógrafo, la ley entrega la titularidad a quien encarga una fotografía (p. ej., editor de prensa). Sin embargo -y este matiz es fundamental- lo anterior NO es extensivo a diseños, ilustraciones ni obras visuales o audiovisuales por encargo. Sólo se limita a fotografías.

(*) En esta misma charla, los conferencistas aclaran la importante diferencia conceptual entre ser titular y ser autor de una obra. Como sabemos, el Derecho de Autor se compone de 2 partes: derechos patrimoniales y derechos morales. Aunque ceda todos sus derechos patrimoniales, el creador de cualquier tipo de obra intelectual (literaria, artística, musical, etc) es el autor de dicha obra y lo será durante toda su vida (y hasta 70 años después de su muerte, según la ley chilena), ¿Por qué? porque los derechos morales de que goza son irrenunciables e intransferibles. A su vez, quien ha encargado una obra, la ha pagado y recibido los derechos patrimoniales cedidos por el autor pasa a ser el titular (en rigor, titular de derechos patrimoniales) de una obra, pero esto NO lo convierte en autor de esa obra.

Además, en una presentación (.PPT) del abogado Rodrigo Lavados Mackenzie -especialista en Propiedad Intelectual y miembro del Estudio Jurídico Sargent & Krahn– para la Asociación Nacional de Avisadores (ANDA), se muestra un cuadro comparativo entre Derecho de Autor y Copyright, sistemas distintos de protección. El primero opera fundamentalmente en países de tradición continental (Francia, España, Latinoamérica), mientras el Copyright es más bien de tradición anglosajona. Para el derecho de autor, en general las obras por encargo pertenecen a su autor, pese a existir contratos de trabajo o prestación de servicios; mientras que en el Copyright “las obras por encargo pertenecen a quien las encarga.”

Anexo: Coautoría 

¿Quién es el autor de una obra conjunta? Safe Creative -primera plataforma de registro, información y gestión de Propiedad Intelectual para la realidad digital basado en los estándares del Convenio de Berna (ONU)– lo explica en forma bastante clara en su artículo La autoría y la coautoría de una obra intelectual:

“En ocasiones, en el proceso creativo intervienen multitud de personas, que dependiendo de su aportación en la misma tendrán la categoría de autores de parte de la obra, o de coautores de la misma. Imaginemos el caso de una canción que haya sido creada por dos músicos que hubiesen compuesto la melodía y la música conjuntamente encerrados en un estudio, sin que se pueda diferenciar quién compuso cada parte. O el mismo caso de la canción, en el que una persona compuso la música y otra creó la letra. 

Para estos casos la Ley regula un escenario determinado por dos tipos de obras: 

– Las obras EN COLABORACIÓN: que es aquella que fuese realizada conjuntamente entre varios autores, que se hubiesen puesto de acuerdo para realizarla y cuyos derechos sobre el resultado unitario corresponderán a todos ellos en la proporción a la aportación realizada por cada uno en la obra. Un ejemplo de este tipo de obra sería precisamente el de la canción que varios autores acuerdan crear, y que uno compone la música y otro realiza la letra. En este sentido, los autores, si no pactan lo contrario, podrán explotar separadamente sus aportaciones a la obra, salvo que causen perjuicio a la explotación común

– Las obras COLECTIVAS: que son las creadas por la iniciativa y bajo la coordinación de una persona natural o jurídica que la edita y divulga bajo su nombre, y cuyas aportaciones se funden en una única creación sin que sea posible atribuir separadamente a cualquiera de los autores un derecho sobre el conjunto de la obra realizada. Un ejemplo sería un artículo coordinado por una editorial de prensa, y realizado conjuntamente entre varios periodistas.” 

En el caso de obras colectivas, la titularidad de derechos de autor se identifica con la persona natural que haya organizado, coordinado y dirigido la elaboración misma del contenido de la obra y, como apunta el editor Miguel Ángel Ferrada, se supone que aquella persona cuenta con la autorización (licencia o transferencia de derechos) de todos los participantes en la obra antes de su edición y publicación.